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La revolución de los cayos


Teñido de infinitas tonalidades de verdes y azules se abre un mar capaz de serpentear caprichosamente más de 17 kilómetros de arenas blancas como un paraíso dispuesto a ser descubierto. Una tierra idílica, la de los Cayos de Villa Clara, que muy próxima a la segunda barrera coralina más grande del mundo se da a conocer poco a poco al turismo.

Un caprichoso rosario de islotes que busca posicionarse en un futuro cercano en un destino turístico de lujo no sólo de Cuba, sino de todo el Caribe, por la excelencia de sus playas y su entorno natural. Unos 300 kilómetros al este de La Habana, los Cayos de Villa Clara forman parte de Jardines del Rey, el mayor de los archipiélagos que rodean a Cuba y que se extiende a lo largo de 465 kilómetros del litoral norte en la parte central del país.

De finas arenas y aguas cálidas y cristalinas se muestran las preciadas joyas de Villa Clara, los virginales Cayo Santa María, Las Brujas y Ensenachos, paisajes que sirvieron de escenario a corsarios y piratas, y que hoy forman parte de una amplia área que la Unesco declaró como Reserva de la Biosfera. Un espacio donde habitan numerosas especies de reptiles, anfibios, peces, aves y mamíferos, muchas endémicas de la zona, y más de 245 especies de vegetales. Santuario que unido a un intrincado sistema de canales entre los cayos, le confiere a la zona un importante valor para el desarrollo de programas turísticos destinados a la contemplación de la naturaleza y la actividad náutica.

Unidos al poblado marinero de Caibarién, en la isla grande de Cuba, por un pedraplén de 48 kilómetros sobre el mar (la construcción de este camino hecho sobre una base de rocas depositado sobre el fondo marino fue premiada internacionalmente por su armoniosa combinación de naturaleza e ingeniería en una zona declarada Reserva de la Biosfera), la autovía permite el acceso por camino desde la ciudad de Santa Clara, donde se encuentra el aeropuerto internacional, hasta el Cayo Santa María. La construcción del pedraplén, que cuenta con 46 puentes diseñados para mantener el flujo de las aguas marinas y asegurar el sostenimiento de la biodiversidad, surgió con la intención de promover el circuito turístico de la zona.

Varios son los proyectos en los que se trabaja y al recorrer el lugar uno da cuenta de eso, como la construcción de un importante acuario delfinario que brindará espectáculos con delfines y lobos marinos, un complejo con punto náutico, la ampliación de la marina de Cayo Las Brujas y el desarrollo de un generoso campo de golf en la cercanía de Caibarién. La creación de pueblos que recrean los que se hallan en el interior del país. La Estrella, el pueblo recientemente estrenado, ofrece servicios de restaurantes especializados (italiano, gourmet y japonés), bares, canchas de bowling, discoteca, ferias de artesanías, correo, banco, parque infantil, spa, gimnasio, centro de negocios y renta de autos.

Bautizado como La Rosa Blanca de los Jardines del Rey, el Cayo Santa María es el último de los alineados en el camino y el mayor de los cayos (alrededor de 18 kilómetros). Dueño de 10 kilómetros de playas de finísima arena blanca, aguas tranquilas y transparentes, dicen que Santa María está poseído por el espíritu de Rosa María Coraje, que oculta en la bodega de una nave llegó a la zona buscando el paraíso y a su amado que había partido en una expedición anterior. La suerte hizo que desembarcara en el cayo donde sobrevivió escondida entre los mangles hasta que halló a su hombre en un islote cercano.

Tantas son las historias que pasaron de generación en generación que es natural que el Cayo Las Brujas deba su nombre a una leyenda popular. Un relato que habla sobre el amor frustrado de una joven pareja por los celos de un tío que curiosamente dio el nombre a un islote vecino: el Cayo Borracho.

Las Brujas es el primero de estos cayos que cruza el pedraplén y cuenta con un aeropuerto que opera con aviones de pequeño y mediano porte. Sus dos kilómetros de playas aportan fondos marinos ideales para los amantes del buceo y el snorkel. Por eso aquí se encuentra la Marina Gaviota Las Brujas (desde donde parten embarcaciones) y un centro de buceo con instructores certificados. En alta mar, a sólo pocos kilómetros de la costa, uno se topa con el gigante barco de hormigón San Pasqual -al que muchos llaman el Titanic cubano- que se encuentra varado en esas aguas. Este es uno de los cuatro barcos de hormigón fabricados en el mundo. San Pasqual fue construido en 1920, en los astilleros de la empresa Pacific Marine Construction, en San Diego, California, y en su primera travesía apenas avanzó. Sólo realizó un viaje. La historia quiso que el barco sirviera para una azucarera, luego como una estación naval norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial y más tarde como un hotel en el que habilitaron diez camarotes, bares y restaurantes. Hoy, en medio del mar se alza sólo como un imponente fantasma blanco. Dicen que en su cubierta el pintor cubano Leopoldo Romañach encontró la inspiración para algunos de sus paisajes marineros.

En el Cayo Ensenachos, según confiesan los propios cubanos, se encuentran las dos playas más bellas de la isla: El Mégano y Ensenachos. Este cayo sirve de refugio a 22 especies endémicas de flora y 39 de fauna, y es el más pequeño de los tres. Tiene forma de herradura y antiguamente fue un asentamiento aborigen. Un verdadero paraíso elegido por muchos extranjeros para celebrar sus bodas.
 
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